Día 2 – Varsovia: extramuros

Amanece en Varsovia con un cielo azul que poco a poco ha ido cubriéndose de nubes. Hoy toca salir del circuito clásico, así que cojo el autobús con destino a Wilanow, que está a unos 20 minutos. Allí se encuentra el Palacio de Wilanow, una pequeña residencia real de verano que con el tiempo fue ampliándose hasta crear un auténtico complejo

Visitar su interior es muy recomendable, sobre todo a primera hora, cuando puedes verlo tranquilamente sin el agobio del turismo masivo. Hay numerosas habitaciones: antecámaras, despachos, dormitorios de los reyes,… Todo en un ambiente armónico y lujoso pero sin pretensiones, a excepción de la Sala China, sublime.

La entrada incluye el acceso a los jardines, un paseo muy agradable con el que se puede visitar la laguna o la Orangerie.

Tomo de nuevo el autobús para conocer un enclave que está a mitad de camino: el Parque Lazienscki. Se trata de un enorme jardín de estilo inglés con casi una decena de interesantes edificios de estilo neoclásico. Imbuido en el parque está el Palacio Belvedere, fuertemente custodiado al ser la sede presidencial. Justo en la entrada veo una enorme escultura dedicada a Chopin buscando la inspiración bajo un olmo.

Continúo el paseo hasta el lugar que da nombre al parque: el Palacio Lazienscki. Está rodeado completamente por una laguna y comunicado con el resto por sus laterales, dando la sensación de ser un palacete flotante. Casualmente se celebra una exhibición de danza regional con participación del público  El camino sigue por un auditorio al aire libre, un templo dedicado a dioses mitológicos e incluso un invernadero de verano. El parque es un lugar ideal para relajarte, hacer picnic y olvidarte que estás en un entorno urbano.

De nuevo cojo el autobús para llegar al centro y almorzar, cómo no, unos deliciosos pierogis con su correspondiente bebida; medio litro por 2€. No está mal.

  Toca subir al tranvía que me lleva hasta otro lugar de interés relativamente reciente: el Museo del Levantamiento del Pueblo Judío. Inaugurado en 2004, me llama poderosamente la atención cuántos visitantes recibe a pesar de su ubicación, así como la juventud de los mismos.

El museo cuenta el desplazamiento y las torturas que sufrieron los judíos de Varsovia, desde los bombardeos y destrucción de viviendas hasta su exterminio, e incluso retazos de historia reciente.

   Previamente, en la parada de autobús una señora mayor me indica que aún no ha sido capaz de visitar el museo, pues es «difícil» para su corazón y, además, entiende que solo se cuenta una pequeña parte de lo que sucedió.

Y es verdad. Cerca del museo aún permanece algún resto del muro que los alemanes levantaron para crear los guetos. Tiene que ser duro vivir en primera persona cómo un tranquilo y grande barrio residencial es destruido, sus habitantes hacinados sin medios indispensables para vivir, trasladados a los campos de concentración y posteriormente el lugar es abandonado para dar paso a sórdidos solares y décadas más tarde a modernos rascacielos. Donde antes vivían 400.000 personas solo quedaron 1.000 al final de la guerra. Ese sería un buen resumen.


De repente, una fuerte tormenta con su correspondiente tromba de agua hace acto de presencia y, aunque aún disponía de algo de tiempo que quería aprovechar para dar una última vuelta por la Ciudad Vieja, se corta la tarde y debo regresar al hotel. Mañana viajo en tren hasta Torun, la ciudad de Copérnico. Ya os contaré 🙂

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